PDA

Ver la versión completa : El demonio de las campanillas



pacoski
29-11-2009, 20:40
Uhmm... ya había hecho este tema, pero se cayó la página y se borró y blah, blah, blah...
Bueno lo vuelvo a subir, tal vez sea un poco largo, pero igual me gustaría un coment =D


EL DEMONIO DE LAS CAMPANILLAS

Hasta el día de hoy, aún cuando ya soy adulto y han pasado veinte años desde que lo vi por última vez, su recuerdo me sigue perturbando; mi corazón se sigue retorciendo de terror y mi piel continua erizándose cada vez que lo recuerdo; ese odioso, odioso tintineo de cascabeles: tilín-tilín, tilín-tilín; tal vez jamás me deje en paz. Su sonrisa burlona y sádica sigue adueñándose de mis más horribles pesadillas como un único rey, y aquellos penetrantes ojos rojos aún se encuentran escarbando en lo más profundo de mi alma, a punto de arrancarme la cordura.
Yo habría de tener unos nueve años, cuando todo comenzó.

Me encontraba saliendo de una feria. Era una enorme y además hubo de todo en ese lugar: tenderetes de juegos, comida, animales y lo más importante; la razón por la que había ido en primer lugar: el circo.

Ese circo estaba lleno de malabaristas, elefantes enormes y payasos… sobre todo payasos.
Un trabajador me dijo que era uno de esos circos nómadas, que se mudaban de ciudad a ciudad; de pueblo a pueblo. Por alguna razón ese me pareció algo diferente. No sabría explicarlo muy bien, pero se sentía como… raro… oscuro.
A mi madre la llamaron de la casa mientras estábamos en el circo y tuvo que regresar. “Ya sabes como volver ¿Verdad, Jimmy?”, me dijo. Y pues sí, en efecto sabía como volver, pero aún así no me gustó que me dejara.

Todo comenzó cuando estaba a punto de cruzar una pista, para luego correr hacía mi casa.
Tilín-tilín, tilín-tilín.
Un gracioso sonidito se escuchó desde atrás. ¿Qué era?
Se escuchaba lindo. El ruido procedía de un callejón oscuro, ubicado lejos de la muchedumbre, era angosto y húmedo a pesar del sol que había a solo unos metros de aquello. Me encantó el sonido… la melodía. Inconscientemente me acerqué cauteloso al callejón; el gracioso sonidito provenía de entre las sombras; así que en las sombras me adentré. En ese momento fue cuando me di cuenta de que era lo que lo provocaba. Eran cascabeles… no, no solo eso… era un payaso. Un payaso sujetando con su mano unos cascabeles y haciéndolos sonar. ¿Era del circo? No lo sé. Su rostro era de color blanco. Tenía un cómico peinado afro color rojo y una sonrisa pintada. Sus ojos eran negros, como los míos. Vestía un traje de seda color naranja, con grandes bolsillos abultados. En las manos llevaba unos grandes guantes blancos, y muy grandes que eran.
El payaso sonreía de una manera muy graciosa, se inclinaba hacía atrás y hacia adelante haciendo sonar cada vez más esos cascabeles. Eran hipnotizantes.

Me acerqué rápidamente, después de todo ¿No era un payaso?, los payasos hacen reír a la gente, y este si que daba risa…

-Hola Jymbo –dijo el payaso esbozando una gran sonrisa en su rostro.- ¿Por qué esa cara? Los niños buenos no deben estar tristes. –dijo. ¿Habría adivinado mi nombre?, en ese momento sentí un leve escalofrío y entonces…
Tilín-tilín, tilín-tilín.
Esos cascabeles… no podía sacármelos de la cabeza; el sonido de los cascabeles era en pocas palabras… como una adicción… no podía explicarlo de otra forma.

-Que bonitos son esos –dije, olvidando repentinamente el comentario anterior y señalando a los cascabeles.
-Te gustan, pues te los regalo. –Respondió, aún con esa extrañamente perturbadora sonrisa en el rostro-. Anda tómalos, Jymbo, ¿No son bonitos los cascabeles?

Y volvió a agitarlos, a la vez que se mecía sobre mí; atrás y adelante, atrás y adelante.
El resplandor del sol se reflejaba en la curvatura metálica de esos pequeños instrumentos. Sentí la increíble necesidad de tocarlos. No… no solo tocarlos, quería hacerlos sonar, quería agitarlos y sentir sus fríos bordes, quería… bailar con ellos. Me estaba sintiendo extrañamente feliz, pero no como cuando me regalaban algo; esta felicidad era algo nuevo. El objeto que tenía en las manos. Los necesitaba, pero aún así… estaba más preocupado que feliz.

-Estoy buscando a mí madre, no tengo tiempo para jugar –Le dije rápidamente al payaso, apartando la vista de los cascabeles.

Él se echó a reír. Y muy escandalosa la risa que tenía, pero al parecer las personas que se encontraban fuera del callejón no la escuchaban. De hecho ni siquiera volteaban a ver.

-Pero, si tu madre ella está conmigo, no te preocupes. De hecho, la tengo conmigo en este mismo instante, Jymbo. –dijo el payaso acentuando aún mas esa sonrisa, la pintura roja que rodeaba sus labios tomaron una curvatura enorme. Dejó de ser gracioso. –Pero antes toma los cascabeles. Si lo haces te la mostraré.

No lo pensé dos veces. Estiré lentamente mi mano y agarré los cascabeles. “¡Sublime!”, grité para mis adentros. Sentía como una increíble sensación de éxtasis rodeaba mi ser. En ese momento estaba completamente seguro de algo… jamás los soltaría. El payaso se tiró hacia atrás cayendo de espaldas y revolcándose en el piso. Reía, como solo un loco podría haberlo hecho.

-Ahora, ¿no querías ver a tu madre? –me preguntó.
-Sí, ¿donde está?

De pronto el payaso saco de su bolsillo un gran saco de lona. El saco era mucho más grande que su bolsillo, no había forma de que hubiera cabido allí, pero de algún modo, sí lo hizo; y apestaba. El saco de lona sacado del bolsillo del payaso parecía contener algo dentro, algo fétido, muy fuerte.

-Echa un vistazo –me dijo.

Y cuando lo hice, la vi. ¡El rostro de mi madre estaba en el saco! ¡Vacío y frío!
En seguida el payaso me agarró del brazo y lo apretó con fuerza. Su rostro cambió de una forma tan horrenda que casi me arranca la cordura de un zarpazo. Sus ojos negros se tiñeron de un rojo carmesí. Su sonrisa loca se transformó en unos afilados dientes; como colmillos.
-¡Ahora entrarás al saco, Jymbo! –croó la criatura. –entrarás y te devoraré como a tu madre ¿Qué te parece?

¡Reía y reía el payaso sin parar!

-¡Tooodo, deliciooooso!

Velozmente comenzó a golpearme el rostro, sus suaves guantes se convirtieron duros y pesados huesos, ¡estaba rompiéndome la mandíbula!
Logré zafarme de él y como impulsado por un resorte me di la vuelta, aún con los cascabeles en la mano y corrí, corrí como alma que lleva al Diablo. El payaso seguía riendo de lo más feliz; yo miré por encima de mi hombro al salir del callejón. Estaba detrás de mí, con el saco de lona que contenía el cuerpo semi-devorado de mi madre atrás de él; me perseguía con las manos estiradas hacia delante.

-¡Ven, Jymbo! ¡Vamos a jugar! –gritaba.

No se detenía… jamás se detendría.
Tilín-tilín, tilín-tilín.
Las campanillas seguían sonando a la vez que trataba de escapar de la horrible criatura, pero esta vez ya no me divertían, ni mucho menos me causaban felicidad; esta vez me asustaban, me asustaban mucho. ¡Las campanillas eran parte del payaso! Eso lo sabía, pero… ¡Las adoraba!
Me pisaba los talones, a cada paso que daba esperaba sentir su huesuda mano debajo del guante.

-¡No puedes escapar, Jymbooo! –gritó a mi espalda en tono furioso y eufórico al mismo tiempo.

En efecto, no podía escapar. Casi podía sentir su asqueroso aliento en mi nuca, la sombra de su mano estirándose sobre mí, y su risa… ¡su demente risa!
Sabía lo que tenía que hacer, la razón por la que me había dado esos cascabeles… la razón por la que me había hecho enamorarme de ellos. Era para tenerme siempre con él.
Me dolía en el corazón, pero al final me decidí. Tiré los cascabeles. No miré hacia atrás; solo seguí corriendo. Corrí como solo pueden correr los niños de nueve años, como el viento.
Luego de siete u ocho minutos, pude visualizar mi casa. Estaba más resplandeciente que nunca, y a la vez jamás me había sentido más feliz de volver a verla.

-¡Papá! –grité mientras corría, pero en su lugar me llevé una sorpresa. Mi madre salió de la casa. Estaba preocupada por la forma en que grité; pero yo nunca había estado más feliz.
-¿Qué sucede? –me preguntó.

Instantáneamente yo miré hacia atrás, pero aquel demonio vestido de payaso había desaparecido. En ese momento me di cuenta de que solo me engañaba, y que mi madre en realidad estaba bien; sana y salva.

No volví a hablar de eso, pero ahora creo que es mejor escribirlo para que no quede en el olvido. Después de todo, ahora que miro por la ventana; puedo ver que… el circo ha vuelto, y quien sabe que otras cosas hayan vuelto con el.