Cicatrices

Cleto

La pereza me gana... pero yo soy más fuerte.
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Apr 9, 2022
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Ravencroft
Relato / Prosa basado en el universo de League of Legends.

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Estas palabras no eran mías.

Sabía que no lo eran, pero brotaban de mi garganta como si hubieran nacido en el núcleo mismo de mi ser. Esa frase se repetía una y otra vez, un mantra dulce que se filtraba por cada fibra de mi consciencia como miel corrompida. Era hermosa, esa promesa. Era tentadora. Era… una mentira.

—Habla mi verdad, Taarosh —murmuró Xolaani, su voz como una canción de cuna envenenada.

—Paz… en la… servidumbre.

Las palabras escaparon sin mi consentimiento. Por un instante, una parte de mí las sintió correctas. ¿Cuántos siglos había pasado batallando? La guerra había sido una llaga abierta, un hambre que nunca se saciaba. Recordé las arenas ardientes, el polvo teñido de rojo por la sangre de mis hermanos y el rugido de victoria… que siempre precedía a otra carnicería interminable.

Pero esta sensación cálida que se extendía por mi pecho como aceite tibio… no era paz. Era un velo que ahogaba el fuego que me definía. Xolaani, la hija de un sanador que una vez juró proteger la vida, ahora solo buscaba extinguir la voluntad de los guerreros bajo el peso de su propia sangre.

—Muy bien, mi niño. Ya no necesitas cargar con ese peso —susurró ella. Su silueta estaba envuelta en un resplandor que espesaba el aire.

Mi alabarda temblaba. El arma, fusionada conmigo durante milenios, pulsaba con una energía extraña. Las hebras rojizas de su filo ahora brillaban con un tinte dorado enfermizo.

Incluso mi arma está siendo curada. No... no curada. Sometida.

—¿Cuándo fue la última vez que no sentiste hambre, Taarosh? —continuó Xolaani, su tono materno apretándose como un nudo corredizo—. Imagina un descanso sin el peso de la conquista.

No podía recordarlo. Éramos instrumentos de guerra templados en sangre. Pero bajo su influjo, esas verdades se sentían como cadenas oxidadas. Mi sangre dorada latía más lenta, sincronizándose con su mano. ¿Era esto lo que había anhelado en secreto?

—Puedo darte lo que tu general nunca quiso —extendió una palma que brillaba con luz febril—. Una familia que nunca te abandonará.

Las palabras resonaron como una campana funeral. Recordé a Aatrox, su presencia como un incendio que consumía naciones. Recordé el clamor de las legiones bajo el sol implacable. Esos momentos de gloria compartida, donde el hambre se saciaba en ríos de sangre. Pero esos ecos se sentían lejanos, ahogados en su calidez traicionera.

—Aatrox te dio una guerra eterna —susurró ella—. Yo te ofrezco el final.

No. La protesta fue un gruñido ahogado. Aatrox no me había usado. Él era mi hermano, mi…

Tu condena.


El pensamiento llegó con el veneno de Xolaani. Te ató a un conflicto que ya no tiene sentido. Te convirtió en su herramienta, no en su igual.

Su mano se posó sobre mi frente. El contacto fue como mercurio tibio derramándose por mi cráneo. Todo el dolor desapareció. Por primera vez en siglos, no sentí el peso de mi alabarda. Mis hombros cayeron. Era hermoso.

Pero algo en mí, algo primitivo y forjado en el fango de la batalla, se rebeló. Un rugido interno, el eco de la arena caliente y el acero desgarrando carne. Esto no es paz. Es extinción.

Los ojos de Xolaani se ensancharon. Su sonrisa maternal se tensó; un destello de pánico cruzó su rostro perfecto al ver el fuego reavivarse en mis pupilas.

—Silencio, hijo mío. Quédate en…

Fue demasiado tarde. La realización me golpeó como una avalancha. No era familia; era posesión. Era hambre disfrazada de calma, un vacío que me devoraría hasta que no quedara nada.

Prefiero la muerte a ser tu títere.

Mi alabarda se alzó en un movimiento instintivo. Las hebras rojizas brotaron del filo con una ferocidad salvaje, calcinando el oro corrupto que las había manchado. El arma vibró, viva y furiosa, celebrando su liberación.

Xolaani retrocedió. Su mirada ya no era amorosa, sino de furia pura. Intentó alzar una mano, murmurando palabras que se torcieron en el aire como humo, pero mi golpe fue más veloz.

El filo encontró su rostro. No fue un corte limpio; fue el sonido de carne desgarrada mezclado con el estallido de un cristal rompiéndose. Se dobló sobre sí misma. Su sangre dorada se filtraba entre sus dedos, salpicando el suelo agrietado. Me quedé sobre ella, mi arma goteando esa esencia divina. Había resistido. No era un títere.

Debería matarla, pensé, alzando el metal para el golpe final.

Pero entonces, el aire se congeló. Una presencia fría y ajena me detuvo el brazo. No era el calor del sol; era algo más antiguo e implacable. Una luz lunar, pero retorcida en una frecuencia que mi cuerpo no podía procesar.

El poder se derramó sobre mí como mercurio líquido, hundiéndose en mi armadura divina. Sentí mis fuerzas desvanecerse. Mi forma comenzó a doblarse bajo un peso invisible. Mis músculos se tensaron en vano; mis venas ardieron mientras el oro de Xolaani se mezclaba con esta nueva frialdad, congelando mi voluntad.

¿Qué…?

La realidad empezó a disolverse. No había enemigos, solo esa presencia lunar que deshacía todo lo que el sol había forjado en mí. Sentí una presión asfixiante, el mundo encogiéndose, las paredes del universo cerrándose sobre mis costados.

Antes de que la oscuridad fuera total, bajé la vista. Xolaani, herida y gritando de rabia, estaba sufriendo el mismo destino. Vi cómo su forma física se deshacía, convirtiéndose en humo de sangre que era succionado con violencia hacia sus propias hoces gemelas. El metal de sus armas brillaba con una luz cruel, reclamando su esencia, convirtiéndola en la misma prisión que ella tanto temía.

Al mismo tiempo, sentí el tirón agónico en mi propio pecho. Mi consciencia estaba siendo arrastrada hacia el interior de mi alabarda. El acero me llamaba, hambriento, estrecho y eterno.

Si yo sigo con vida tras este metal... ella también.

Lo último que vi fue el brillo de sus hoces antes de que el mundo se redujera al frío contacto del acero contra mi alma. La oscuridad me envolvió. Era una negrura claustrofóbica, tan estrecha como el interior de mi propia arma. Mientras mi consciencia se fragmentaba, una sola certeza quedó grabada en el vacío:

Volveré. Y cuando lo haga, su muerte será lo primero que busque.

Fin.
 
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