El mundo no me dio un latido; me dio un tajo.
Un niño aprende rápido que lo que sangra, se bebe.
Mi pecho no es un refugio, es un nido de dientes.
Crecí tragando lo que sobraba del plato de otros, hasta que el dolor dejó de ser un castigo para convertirse en mi único idioma.
Ahora entierro mis fauces en el alma de otro.
No siento culpa.
Siento el alivio del espejo.
Me deleito en el instante exacto en que se apagan: ese último parpadeo de quien creyó que el mundo era habitable.
Tiene un sabor sin nombre, solo temperatura, el calor de lo que alguna vez fue alguien.
Les devuelvo, bocado a bocado, la misma oscuridad que ellos vertieron en mi cuenco cuando aún cabía algo distinto.
Me enseñaron bien.
Si el mundo me amamantó con espinas,
¿por qué se sorprenden de que mi lengua sea una cuchilla?
No lo llamo pecado.
Lo llamo gramática.
Un niño aprende rápido que lo que sangra, se bebe.
Mi pecho no es un refugio, es un nido de dientes.
Crecí tragando lo que sobraba del plato de otros, hasta que el dolor dejó de ser un castigo para convertirse en mi único idioma.
Ahora entierro mis fauces en el alma de otro.
No siento culpa.
Siento el alivio del espejo.
Me deleito en el instante exacto en que se apagan: ese último parpadeo de quien creyó que el mundo era habitable.
Tiene un sabor sin nombre, solo temperatura, el calor de lo que alguna vez fue alguien.
Les devuelvo, bocado a bocado, la misma oscuridad que ellos vertieron en mi cuenco cuando aún cabía algo distinto.
Me enseñaron bien.
Si el mundo me amamantó con espinas,
¿por qué se sorprenden de que mi lengua sea una cuchilla?
No lo llamo pecado.
Lo llamo gramática.